martes, agosto 08, 2006

Marruecos

Siempre soñé con un viaje a un destino exótico, una cultura diferente, sabores, colores, idiomas y aromas desconocidos.
Afortunado en la materia viajes, el vicio de conocer culturas diferentes comenzó con la luna de miel en México.
Vencida la convertibilidad (la gran oportunidad de muchos para soñar con destinos lejanos y hacerlos una realidad), en el año 2002 tuve, hasta ahora, la última oportunidad de visitar la península Ibérica y embarcarme en el Peñón de Gibraltar, a la fascinante aventura de visitar el norte de Marruecos.
Globalización mediante a priori todo luce, desde lejos, parecido a lo que uno conoce; una ciudad con edificios, un puerto con alto movimiento, playas. Apenas descendido del aliscafo encontré cada una de las sensaciones antes anheladas, sumadas a otras no tenidas en cuenta pero tan o más atractivas.
El Islam todo lo gobierna, todo… absolutamente todo. Incontable cantidad de mezquitas esparcidas en la Medina (ciudad vieja), son incontables las torres desde donde penden los altavoces que recuerdan cinco veces al día el rezo obligatorio a todo feligrés musulmán.
El mercadillo con miles de tiendas, calles internas desordenadas, mujeres haciendo sus compras, comerciantes que nos llaman e intentan vendernos cuanta mercadería tienen, abundancia de colores y aromas penetrantes, frescos, atractivos…; Aladino, Ali baba y los cuarenta ladrones, Las mil y una noches (es imposible no caer en el lugar común de las comparaciones).
La gran mayoría de las personas ataviadas con túnicas, muy pocos a la usanza occidental. Ninguna calle en línea recta, mujeres que caminan detrás de sus familias, otras que están cubiertas de pies a cabeza, sin dejar el más mínimo detalle a la vista, excepto los ojos.
Mohamed, nuestro guía, no permite ninguna parada comercial fuera de programa por temor a algún engaño… todos saben que somos turistas, probablemente tenemos dinero ó electrónicos que pueden resultar atractivos a algún ladronzuelo ocasional (sabido es que es parte de su negocio llevarnos a un lugar “seguro”… bah, lo que es seguro es que le pagan comisión por meternos como ovejas en el matadero al local que le conviene).
Dentro del establecimiento es posible encontrar todo tipo de artículos regionales y artesanías. Lo mas atractivo son unas alfombras de ensueño, otra vez es imposible dejar de pensar en Aladino, Ali baba y las mil y una noches.
Incontable cantidad de asistentes, un señor que domina varios idiomas, primero en inglés, luego en español y por último en francés. A medida que describe las particularidades de cada artículo, otros colegas van desplegando con gracia y experiencia las preciadas alfombras. Algunas con valores mas altos que los de una casa en la misma Medina.
Con el bolsillo flaco, a causa del fin del 1 a 1 de los años noventa, no pude mas que admirar las maravillas, sin embargo mi vista se detuvo en unos simpáticos almohadones confeccionados en cuero de camello. Bastó que me detuviera mas de diez segundos en aquella curiosidad, para que se acercara un vendedor con un español entreverado pero suficiente para poder desplegar sus “artes de la negociación” conmigo. Nada tiene el precio exhibido, asi que ofreció ayuda primero preguntó de donde venía. “Argentino”, contesté.
“Ahhhh… Maradona, tango, fue su intro. Esbecial brecio a usted. (no es un error de ortografía, su acento era muy marcado). 50 euros!, barata, mucho barata, calidad, camello”.
“¿50 Euros?... (En ese momento se multiplicaba por 2.85 pesos), con ese dinero en Buenos Aires compro un sillón para dos personas”

Ahhhh… si, si, venga, venga (con un gesto de complicidad intentó apartarme del grupo para negociar y que los demás no escucharan, que a mi por ser de Argentina me hacían una atención, la misma que me harían si viniese del Congo Belga o de USA) bara usded brecio bueno, 45 Euros. (Cada uno)
“Disculpe, me gusta mucho, pero es demasiado. Solo podría pagar 35 Euros por dos de ellos”
“Nooo!, eso brecio imbosible!, no, no. 70 Euros los dos”. (Gestos ampulosos, como de enojado, molesto).
Se alejó, todos me miraban porque además había levantado su voz. Intentando pasar desapercibida seguí mirando. Esta vez unos jarrones metálicos pintados con miles de arabescos. Otro empleado intentó acercarse, cuando de repente volvió el vendedor original.
“lleva dos, baga brecio muy barata, esbecial. 60 Euros”.
“No, gracias. Sólo dispongo de 35 euros”. Busqué en el bolsillo pero, Ley de Murphy infaltable, tenía un billete de 5, así que se lo enseñé y le dije que con eso también tenía que comer.
“Ahhh, ah… 50 euros los dos, brecio Argentina”.
“No, 35”
“45”, amiiiigaaa
“35”, seguía en mis trece.
“brecio esbecial, ultimo, 40 por dos”
“35, ni un Euro mas, tengo que almorzar y no dispongo de mas dinero”
Estábamos cerca de cerrar la operación, Mohamed ya estaba llamando para reunirnos y continuar el paseo. El vendedor desapareció, los almohadones quedaron en su lugar. El local era una casa vieja y llena de pisos, entrepisos, olores fuertes, abarrotado de mercadería, escaleras, un laberinto indescifrable. Ya estaba mareada con tanto. Mohamed que me hace una seña, camino hacia el, veo la salida, cuando estaba a metros de conseguirla; otra vez el vendedor, esta vez acompañado de otro señor con cara de dueño y pocos amigos. Los almohadones en una bolsa. El guía se detiene por unos instantes.
“40 Euros, lleva, lleva, si, si,. Argentina, amiga, brecio esbecial”.
Me sentí acosada, toqué mi bolsillo. Extraje los 50 Euros. “35 es lo máximo que puedo ofrecer”, tiré por última vez antes de agarrar la bolsa y aceptar su oferta de 40.
Ahhhh, uuhhhh, mmmm, (gestos ampulosos otra vez, se agarraban la cabeza, y por ultimo dieron paso a una sucesión de palabras en árabe que no entendía, pero que dejaban traslucir su significado). Conversaban entre ellos, hasta que el señor de cara
adusta, hizo una seña, extrajo un fangote de billetes de su bolsillo (todos de monedas fuertes), intercaló mi papel entre los suyos y se demoró lo suficiente como para hacerme sufrir, para que sintiera su poder y finalmente de mala gana sacó 10 Euros.
Enseguida reclamé por los otros cinco.
Otra vez su mirada penetrante, dura. Cara de molestia. Jugando una vez mas con mi tiempo de descuento, finalmente completó el trato. Un instante después él y su vendedor, trocaron sus gestos duros por una amplia y agradecida sonrisa, un saludo cordial y un deseo de mucha suerte. La táctica había funcionado una vez más. Un juego que me hizo dar cuenta que estaba en el país de los beduinos, los comerciantes que tienen miles de años dominando el arte de la negociación, cara de pocos amigos, rezongos, pero ellos jamás trabajan a pérdida, aunque en este caso el precio pagado fuese menos que la mitad original.
Otra vez en las calles entreveradas, se acercaba el tiempo de almuerzo. Mientras se nos contaba la historia de la ciudad, algunos puntos de interés, pasábamos por arcos, pórticos, restos de murallas; éramos seguidos por una tropa de vendedores ambulantes que no dejaban de acosarnos con sus ofertas. Ser descortés y mal educado parecía la única forma de evitarlos; no mirarlos, no tocar su mercadería, decirles que uno no los entiende, así y todo fui perseguida por uno mas de 10 cuadras. Pobre hombre (pensé) finalmente le compré por 5 Euros un instrumento musical, sólo porque me dio lástima que caminase detrás de mí por nada. Una vez mas recordé que ellos son descendientes de los mejores comerciantes que hayan existido. Nacieron para eso, son perseverantes, dispuestos a todo.
Mientras nos dirigíamos al lugar del almuerzo seguíamos recorriendo partes viejas de la ciudad nueva. Es decir ya no estábamos en la Medina (como ellos llaman a la parte histórica). En las calles que datan de principios de siglo XX y que no fueron concebidas para el tránsito de automóviles, es asombroso ver como los artesanos producen sus mercancías en la calle o en pequeños recintos. En uno de ellos había doce hombres bordando alfombras. Punto por punto, todo a mano. Mientras, unos niños ayudaban a hilar la lana a los gritos. Lo hacen de manera artesanal con unos artefactos milenarios que necesitan una distancia que en algunos casos supera los 100 metros, algo que se puede hacer sin problema en la calle porque no hay vehículos que interrumpan la labor.
Antes de llegar al restaurante, no podían faltar los encantadores de serpientes, ahora si sentía que todo lo que una vez había soñado estaba al alcance de mi mano.
Las casas están construidas de una manera extraña. Amplios salones, pisos y entrepisos. Todo adornado con enseres de estilo árabe y plantas. Por fuera parecen casas viejas y muy venidas abajo. “Uno vive adentro, la comodidad entonces, debe estar donde uno la puede disfrutar”, fue la sencilla y lógica explicación de Mohamed.
De ese estilo era el restaurante. Una casa vieja por fuera, una recepción amplia, una escalera, los entrepisos, varias plantas que adornaban el camino, mosaicos con dibujos en el piso y una música que me remitió a las odaliscas de las películas. Una vez en el recinto principal la propuesta era: Cus cus (un alimento parecido a la polenta y que sirve como compañía a casi todas las comidas del lugar), pollo, algunas ensaladas, bebidas gaseosas, postre y el infaltable té de menta. (Bebida refrescante, sobre todo para el calor seco e inexpugnable de la zona).
Todo coronado con un íntimo show de música y danza árabe.
Poco quedaba de la aventura marroquí por disfrutar. El micro nos dejó en el puerto. Algunos puestos con mercancía típica para los que no decidieron a tiempo. Con mis almohadones de cuero de camello en la bolsa, y orgullosa por mi poder de negociación me acerqué para preguntar el precio.
20 euros cada uno, me dijo el vendedor. (mi orgullo de “buena negociante”, hecho trizas)
Ofrecí 15 por uno extra. No hizo falta negociar mas y al mismo tiempo arrepentirme por haber pagado de mas por los otros dos. Ellos son los reyes del mercadeo, como en los libros y en las películas.

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