martes, agosto 08, 2006

España

Con la excusa de haber terminado la secundaria sin sobresaltos, sin arrastrar ninguna materia, mi abuela paterna me dio a elegir un regalo hoy impensable.
Auto o viaje a Europa por tres meses. Con 18 años no había mucho que pensar: “Auto”, respondí, a lo que mi padre interrumpió: “va a tener que ser a energía nuclear y tener un escudo de fuerza (como en las películas, para que sea indestructible), olvidate que a yo te vaya a pagar el seguro y la nafta”, me espetó como sugiriéndome que eligiese la segunda opción.
Luego de reflexionar acerca de la conveniencia de tener un auto solo para recrear la vista y utilizarlo de maceta, opté por un viaje a España.
Lo mas alejado que había estado de mi casa eran unos 1600 km, asi que esta experiencia sería una aventura en si misma. Tres meses lejos de mis padres, pero con la mirada atenta y temerosa de mi abuela.
Partimos el 28 de diciembre de 1992 con destino a Madrid, previa escala en Río de Janeiro.
Al descender por dos horas, nos avisaron que teníamos que re-embarcar por puerta 9, pero omitieron advertirnos que estábamos en la Terminal de vuelos de cabotaje y que teníamos que ir al sector internacional. Una vuelta por el free shop, un paso obligatorio por el toilet y aguardar la puerta asignada,fue nuestra elección. El aeropuerto totalmente vacío, de repente apareció una señorita, le pregunté (por las dudas) por la puerta 9, a lo que me señaló el lugar donde estábamos aguardando.
Casi sobre la hora de partida, una señora que habíamos conocido en el trayecto Buenos Aires - Brasil apareció a los gritos. “Se va el avión!, señora, pibe, se va el avión!”. Saltamos como resortes del asiento y comenzamos a correr (mi abuela en aquel momento era una señora de 60 y tantos años). Luego de andar por pasillos, escaleras, subir, bajar, más pasillos, mientras los parlantes que repetían cual disco rayado nuestros apellidos, llegamos al fin a la famosa puerta 9 del espigón internacional. El personal de la aerolínea nos miró con mala cara, detrás nuestro se cerró la puerta de la aeronave. Todavía estábamos acomodándonos cuando el avión comenzó a carretear, a punto estuvimos de terminar el viaje antes de comenzarlo.
Mis expectativas estaban algo alicaídas al pensar en la perdida posibilidad de tener un auto propio, sin embargo, la despedida de los amigos, las horas arriba del avión, las primeras imágenes del continente viejo desde el aire y poner los pies en Barajas (el aeropuerto de Madrid), hicieron olvidar repentinamente las ganas de estar motorizado, para dejar paso al disfrute, al asombro.
Nieto de españoles, crecí rodeado de historias y anécdotas de principios de siglo XX, asi que tenía la imagen de un país con casas antiguas, servicios vetustos, gente embrutecida, de escasa formación, a causa de los trabajos relacionados a la actividad agrícola (mejor dejar la lista hasta aquí). Sin embargo, al poner un pié en la península ibérica noté que las cosas eran muy diferentes a la imagen que tenía.

En primer lugar un aeropuerto enorme, los taxis todos modelos sofisticados y nuevos, la gente finamente ataviada, edificios modernos a cada paso, todo me deslumbro desde un principio. A esta altura, el auto, ya era un vago recuerdo.
Nos esperaba la tía Concha en Valladolid, así que de la estación aérea a la Terminal de trenes Chamartín (algo así como la estación de once pero elevado a la enécima potencia, en tamaño y modernidad).
El tren, eléctrico, luminoso, ni un ruido, algo desconocido para mi. Estaba fascinado. Es un golpe fuerte venir con una mentalidad y encontrar algo totalmente diferente. Recuerdo que mientras dejábamos Madrid, me llamaron la atención la cantidad incontable de grúas que señalaban cada lugar donde había una construcción.
En el trayecto asomaron los primeros castillos (uno de mis sueños era visitar alguno, al final del viaje, estaba cansado de recorrerlos), cada 10 minutos pasábamos por una ciudad diferente, hasta que al final y luego de 200 y tantos kilómetros, llegamos a Valladolid. Puente colgante 28 la dirección de la mencionada tía.
Cansados de tanto trajín (16 horas de avión incluida la escala mas las 2 horas largas de tren), empezamos a deshacer las valijas.
Mi abuela me dice:“Bichín mirá, estas chancletas están acá desde que el abuelo y yo vinimos en el 83”, dijo mi abuela señalando un bolsillo de su maleta.
Acto seguido: “bichín, vos pusiste ropa tuya en mi valija?”.
“No, abue. Papá te pasó a buscar por tu casa antes que a mi, asi que tu valija ya estaba cerrada”
“Que raro, acá hay ropa que no es mía, es mas… la valija está a nombre de otra persona”
“Noooooo!, no te puedo creer!”
Rebobinando lo que había sucedido, recordamos el instante en que retiramos el equipaje en la sala donde las maletas pasan y uno se sirve la suya, o la que cree que es suya. Esto fue justamente lo que pasó. En Buenos Aires habíamos envuelto los bultos con ese celofán semitransparente que promete seguridad al viajante. Tomamos por error una maleta cubierta con este material y que era muy parecida a la de mi abuela. Al abrirla nos encontramos con la sorpresa. Llamé al aeropuerto. La persona que me atendió me explicó que nuestro equipaje estuvo cuatro horas girando en la cinta que las transporta y que el señor dueño de la valija que teníamos en nuestro poder, estuvo las mismas cuatro horas insultando a la compañía y a nosotros por la pérdida de sus efectos personales.
Al día siguiente deshicimos el camino andado para devolver lo que no nos pertenecía. Un gastadero de dinero imprevisto mas la jornada desperdiciada.
Es difícil explicar como se arreglan una abuela y su nieto para convivir, teniendo en cuenta la diferencia generacional. Hubo muchos momentos de zozobra en la relación, discusiones, enfados, sin embargo anécdotas sobran.
Días mas tarde emprendimos un itinerario por el sur de España en tren. Para ahorrar dinero en alojamiento viajábamos de noche en compartimentos para cuatro o seis personas con camas cuchetas. En uno de los tramos un reloj despertador nos molestó toda la noche. Al bajar del tren mi abuela me comentó “que desubicado ese que no apagaba la alarma, no pude pegar un ojo en toda la noche”, al llegar al hotel, comprobó que la insoportable sucesión de titititics provenían de su equipaje.
En granada hicimos la valija para continuar el viaje, pero no encontrábamos la llave de la habitación del hotel. Uno le endilgaba las culpas al otro y viceversa. Un cartel en la puerta de la habitación dejaba muy en claro que la pérdida de la misma, acarreaba una multa considerable. Al hacer el check out (salida del hotel), mentimos a coro y le dijimos al conserje que la llave estaba en la habitación. Finalmente y a unos 500 km. de distancia el objeto perdido apareció en los bultos de la abuela, solucionamos el inconveniente pidiendo disculpas telefónicas y enviando las llaves por correo.
Hubo muchos episodios que en su momento casi nos hacen “saltar la térmica”, sobre todo a la abue, que todo le da temor, pero la experiencia es inolvidable para ambos. Esto nos permitió unir a dos generaciones totalmente diferentes, ser cómplices en algo que los demás no pueden participar.
La abuela caminaba a la par de un muchacho de dieciocho años, sin chistar porque tenía temor de que algo me sucediera, entonces prefería acompañarme a casi todos lados.
Tres meses, decenas de vivencias y 10 kilos aumentados después, regresamos a Buenos Aires.
El personal de aduana preguntó si había algo para declarar o algún comestible (que esta prohibido ingresar), el bulto de la abuela apestaba de olor a jamón, sin embargo a cara de piedra contestó “no, solo traigo algunos regalitos”. El señor la miró fijo, dudó en revisar pero finalmente y con la certeza de estar haciendo la vista gorda, nos permitió pasar con el pequeño trozo de España que traíamos en la maleta para compartir con los que quedaron extrañándonos. Esta vez la valija era la correcta, se la reconocía a ojos cerrados.

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