El siglo XX era apenas un párvulo cuando fue alumbrado. Nació un día de otoño en la misma casa que habitó hasta que decidió trocar un futuro incierto en un país convulsionado, por un nuevo Edén lleno de historias de prosperidad al otro lado del Atlántico.
No había abundancia, tampoco se respiraba miseria, pero para que no la hubiese, debía velar por el humilde pero invaluable capital familiar: la huerta y los animales.
Sólo le compraban un par de zapatos por año y con esos multiuso en los infatigables pies, debía subir cuestas, caminar detrás de sus animales, refugiarse del frío del invierno, pasar el húmedo y agobiante calor del verano.
Alejado de las urbes y con una vida demasiado atada a los quehaceres del campo, paradojas de la vida, le toco un nombre íntimamente relacionado a la ciudad.
Clima enrarecido en una Europa de posguerra sumida en la miseria, una paz sostenida con hilo de seda. España desintegrada y a merced de una revolución. Rumores de bonanza del otro lado del “charco”, antes de encolumnarse en la milicia, prefirió ser desertor y un día de 1919 decidió embarcarse en Cádiz hacia el “Nuevo mundo”. Solo, sin mas que algunas efectos personales, fue acogido por una ciudad en constante crecimiento, pujante, ávida de sangre para labrar los destinos de un país remoto, pero bien visto desde el otro lado.
La primera impresión de la city porteña lo dejó boquiabierto. Extensiones mayores a los campos que había recorrido, cubiertas por un sin fin de edificios, negocios, casas. Medios de transporte que irrigaban movimiento por las venas de una ciudad de calles perfectamente dispuestas.
Lo primero fue encontrar una cama, no tenía mas aspiraciones que esas en este universo nuevo donde se sintió, en principio, un granito de arena.
Estas no es la historia de quien llega, abre caminos, codea para todos lados y finalmente se encumbra en héroe o en millonario. Lejos de eso el capital que supo forjar a la postre, fue una familia de la cual se sintió satisfecho, alguna propiedad que recordaba su vida anterior en el campo, un negocio que se sostuvo por su tesón y ahínco y un servicio de 36 años en un oficio que ya no tiene razón de ser… lechero.
Finalmente consiguió un trabajo con una persona referida y una cama compartida. Compartida con un universo de pulgas y chinches que apenas le dejaban descansar.
De a poco fue relacionándose, tuvo amigos, cambió de trabajo, le gustaba ir a clubes donde encontraba coterráneos, tardó pero finalmente llegó el amor pasado los treinta.
Se casó, tuvo tres retoños, mientras no descuidaba su oficio; mas tarde abrió su negocio de comidas al paso en Galerías Güemes; plena calle Florida.
No fue dueño de riquezas físicas, aunque nunca le faltó pan; en cambio si las tuvo en el campo moral y espiritual.
Es el día de hoy que cada uno que lo haya conocido, lo recuerda como un hombre sencillo, austero, recordado por el empeño y fortaleza para encarar cualquier asunto.
Entregado a Dios, fue recibido por un coro celestial el día que pasó a Su Santa Presencia.
Homenaje a mi abuelo: José Urbano Valdés.
No había abundancia, tampoco se respiraba miseria, pero para que no la hubiese, debía velar por el humilde pero invaluable capital familiar: la huerta y los animales.
Sólo le compraban un par de zapatos por año y con esos multiuso en los infatigables pies, debía subir cuestas, caminar detrás de sus animales, refugiarse del frío del invierno, pasar el húmedo y agobiante calor del verano.
Alejado de las urbes y con una vida demasiado atada a los quehaceres del campo, paradojas de la vida, le toco un nombre íntimamente relacionado a la ciudad.
Clima enrarecido en una Europa de posguerra sumida en la miseria, una paz sostenida con hilo de seda. España desintegrada y a merced de una revolución. Rumores de bonanza del otro lado del “charco”, antes de encolumnarse en la milicia, prefirió ser desertor y un día de 1919 decidió embarcarse en Cádiz hacia el “Nuevo mundo”. Solo, sin mas que algunas efectos personales, fue acogido por una ciudad en constante crecimiento, pujante, ávida de sangre para labrar los destinos de un país remoto, pero bien visto desde el otro lado.
La primera impresión de la city porteña lo dejó boquiabierto. Extensiones mayores a los campos que había recorrido, cubiertas por un sin fin de edificios, negocios, casas. Medios de transporte que irrigaban movimiento por las venas de una ciudad de calles perfectamente dispuestas.
Lo primero fue encontrar una cama, no tenía mas aspiraciones que esas en este universo nuevo donde se sintió, en principio, un granito de arena.
Estas no es la historia de quien llega, abre caminos, codea para todos lados y finalmente se encumbra en héroe o en millonario. Lejos de eso el capital que supo forjar a la postre, fue una familia de la cual se sintió satisfecho, alguna propiedad que recordaba su vida anterior en el campo, un negocio que se sostuvo por su tesón y ahínco y un servicio de 36 años en un oficio que ya no tiene razón de ser… lechero.
Finalmente consiguió un trabajo con una persona referida y una cama compartida. Compartida con un universo de pulgas y chinches que apenas le dejaban descansar.
De a poco fue relacionándose, tuvo amigos, cambió de trabajo, le gustaba ir a clubes donde encontraba coterráneos, tardó pero finalmente llegó el amor pasado los treinta.
Se casó, tuvo tres retoños, mientras no descuidaba su oficio; mas tarde abrió su negocio de comidas al paso en Galerías Güemes; plena calle Florida.
No fue dueño de riquezas físicas, aunque nunca le faltó pan; en cambio si las tuvo en el campo moral y espiritual.
Es el día de hoy que cada uno que lo haya conocido, lo recuerda como un hombre sencillo, austero, recordado por el empeño y fortaleza para encarar cualquier asunto.
Entregado a Dios, fue recibido por un coro celestial el día que pasó a Su Santa Presencia.
Homenaje a mi abuelo: José Urbano Valdés.
3 comentarios:
Muy bueno ese recuerdo, genial, el abuelo era tal cual, simple pero profundo, era un hombre sabio. Muy emotivo el recuerdo de su nieto, pa y ma.
me encantó el comentario sobre don José...también era mi abuelo.
Ahora que lo pienso, era más que eso: cómo se le dice a alguien que perdura mas allá del tiempo, mas allá de los muebles,las fotos y las anectotas?cómo se nombra a quién sin ser maestro,ni juez,ni sacerdote..está presente cuando decido qué rumbo darle a mi ética?
qué merecido título le pondremos a su santo optimismo, a su amor despojado? a esa capacidad de hacer sencillo todo?
claro que no era intachable..pero hasta eso(en él) me emociona.
gustavo
lo bueno de nuestros abuelos es que han dejado hasta ahora una bendiciòn genètica a travèz de las generaciones por el pacto que han hecho con Dios, hoy nosotros 3ra.generaciòn, una generaciòn Timòtica (ver griegos), debe afrontar el desafìo de renovar ese pacto y es màs subirlo de nivel de tal forma que haya una plataforma mayor para el futuro de nuestros hijos, no solo para que ellos puedan dar testimonio de nuestra fè sino tambièn de que hemos sido quienes hemos pagado el precio de una siembra espiritual que serà recogida por generaciones.Dios es un Dios multigeneracional (de Abraham, Isaac y Jacob)y nuestra mentalidad debe partir desde allì para adelante.Gracias Dany.ML
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